Parte de esa admiración tiene que ver con la manera en la que compite. Van Aert rara vez parece elegir el camino fácil. Ataca, trabaja para otros, pelea etapas imposibles y se expone constantemente al desgaste físico y mental que exige intentar estar siempre delante. En un deporte donde muchas veces se premia la estrategia conservadora, él transmite algo mucho más impulsivo y emocional.
También influye la sensación de vulnerabilidad que proyecta. A diferencia de otros atletas construidos alrededor de una imagen de perfección constante, Van Aert ha convivido públicamente con derrotas duras, caídas importantes y momentos donde el resultado no terminaba reflejando el esfuerzo realizado. Y precisamente ahí es donde mucha gente encuentra el verdadero atractivo de su figura.
Porque insistir, volver a intentarlo y mantenerse competitivo después de tantos golpes genera una admiración mucho más humana que la simple superioridad deportiva.
Además, el ciclismo tiene una particularidad que hace este tipo de perfiles especialmente magnéticos: el sufrimiento se ve. Las cámaras muestran el cansancio, la tensión y el desgaste de manera constante. Y en el caso de Van Aert, pocas veces da la sensación de reservarse algo. Incluso cuando pierde, suele hacerlo habiendo dado absolutamente todo lo que tenía.
Quizá por eso conecta tanto. Porque representa una manera de competir basada más en la entrega que en el cálculo. Y en una época donde muchas figuras públicas parecen construidas alrededor del control absoluto, encontrar a alguien que sigue insistiendo incluso cuando no siempre gana resulta extrañamente atractivo.









